Del hortus conclusus al hortus botanicus
Manuel Fernández Díaz
Maestro y biólogo.
Profesor del Departamento de Didáctica de las
Ciencias Experimentales. Universidad de Murcia.
Grupo de Innovación Arte en Construcción.
Grupo de Investigación ECCE Homo.
Recibir la invitación para colaborar, aunque sea con unos breves comentarios, en la presentación de la obra de Victoria Chezner, siempre resulta gratificante, máxime cuando la admiración por las plantas es compartida y tiene orígenes similares. En el caso que nos ocupa, la admiración de la autora por las plantas y su especial conexión con ellas son dos hechos que hunden sus raíces en su relaciones familiares y los recuerdos construidos sobre ellas.
De su relación con la matriarca familiar brota la conexión con los elementos cercanos e íntimos del patio interior ajardinado de una casa, plagado de especies frondosas y floridas, cuidadas amorosamente por las manos de la abuela. Ese patio de juegos y conversaciones, a modo de hortus conclusus, tiene su reflejo en obras posteriores que se centran en el detalle, en la observación fina y sosegada, y en el trabajo técnico minucioso, acabado en pequeños formatos que invitan al espectador a realizar una aproximación física y emocional.
De su relación con su padre nace la admiración por los espacios abiertos, por el monte y los árboles. De esa apertura a la naturaleza, a través de numerosas aproximaciones al bosque en primera persona, la autora nos ofrece una serie de obras en grandes formatos que, al contrario de las anteriores, invitan no a la observación del detalle sino a la inmersión en el propio paisaje, con sus luces y sus sombras.
El hecho de pasar del jardín al bosque implica un proceso de evolución personal a lo largo del tiempo y de la obra; implica la inmersión pausada y observadora en distintos bosques en un proceso de búsqueda y encuentro. Búsqueda de emociones y encuentro con la propia naturaleza. Y es que en este caso, la obra de Victoria Chezner nos hace recordar otra obra, muy anterior, la “Alegoría de la Naturaleza como madre de las artes” de Jan van Hammesen. Resulta imposible negar el papel que tiene la naturaleza, entendida de una u otra forma, en nuestra tradición cultural, y de hecho un repaso, incluso superficial, nos haría comprobar las innumerables formas en las que la naturaleza ha sido representada e incorporada a nuestro imaginario y tradiciones.
En nuestra tradición judeo-cristiana el jardín, el jardín del Edén más concretamente, posee una carga simbólica innegable. Más allá de las creencias de cada cual, y mirado con cierta perspectiva temporal, el jardín representa a la naturaleza recibida, a la naturaleza mancillada y a la aspiración de volver a la naturaleza en una suerte de reencuentro final. Este jardín del Edén, por chocante que pueda parecer, tiene su claro reflejo en una conducta humana real y cercana a la que, por desgracia asistimos cotidianamente. Somos unos habitantes más en la naturaleza pero actuamos como sus dueños; la explotamos hasta sobrepasar límites que nunca deberían ser rebasados y ahora que somos conscientes del estado de alteración casi irreversible buscamos soluciones para su conservación.
En este sentido el jardín botánico, el hortus botanicus, desempeña una misión algo distinta y seguramente aún más noble que aquella para la que fue concebido a mediados del siglo XVI. Del pasado de los jardines botánicos nos queda esa idea de la revolución científica en la que las grandes potencias europeas se disputaban el planeta y sus recursos a golpe de vela henchida e incluso a cañonazo limpio si era necesario. Una ciencia, la de entonces, con un innegable cariz utilitarista en la que la metrópolis atesoraba y presumía de las maravillas de las colonias. Y una forma de alimentar ese ego, a mayor gloria de los gobernantes y científicos de la época, era el lucir hermosas colecciones de plantas de tantos rincones del planeta como fuera posible.
Sin negar la importantísima empresa de los jardines botánicos del pasado, gracias a los cuales la ciencia de las plantas logró avanzar, también la ciencia farmacéutica y la ciencia médica lo hicieron, podríamos decir que el jardín botánico contemporáneo se alza no ya como un símbolo de la colonización y del poderío de las naciones, sino como una institución dedicada al estudio, conservación y divulgación de la diversidad biológica, esa que paradójicamente vive al borde de la muerte.
Pero la aproximación hacia aquello que nos sustenta se logra no solo mediante el conocimiento científico, sensu stricto. El acercamiento a la naturaleza y su diversidad tiene, o al menos debiera tener, un imprescindible componente emocional y estético, un algo que nos conmoviera ante la sola visión del color otoñal de las hojas de un arce, el tortuoso tronco de un olivo milenario o la delicada flor de una orquídea.
Esa visión emocional y emocionante es la que transmite la obra de Victoria Chezner gracias a su aproximación, desde diversos puntos de vista, al cuerpo de la planta como ser. Así, “Del jardí al bosc” es mucho más que una exposición. Es más bien una metáfora en la que la autora, previo filtro de sus experiencias personales, recorre, investiga, plasma y comunica esa naturaleza vivida y la protege en forma de momentos pictóricos. Una protección figurada que nos reclama a nosotros, espectadores, la puesta en marcha de una conciencia y acción colectiva que evite lo que a veces parece inevitable.