De dríadas y árboles
Manuel Fernández Díaz
Maestro y biólogo
Departamento de Didáctica de las Ciencias Experimentales. Universidad de Murcia.

Grupo de Innovación Docente AEC (Arte En Construcción).
Grupo de Investigación ECCE HOMO (Evolución Cenozoico Cuaternario Evolución HOMO).


Aceptar la invitación de Victoria Chezner para participar en esta obra implica, para una persona con algo de formación científico-humanística y humildemente ignorante, una  responsabilidad grande. Como diletante, que no experto, de las artes, sus mensajes y sus formas, no quiero ni siguiera intentar una interpretación del discurso de Chezner en Tu presencia. A cambio deseo exponer algunas evocaciones que la contemplación de esta obra despierta en mí, y para ello, recurro a una suerte de sincretismo multidisciplinar y transmediático que me permito utilizar sin límites.

Contemplar Tu presencia, y conversar con su autora acerca de los significados aparentes y ocultos, me hace pensar en el instante inmediatamente anterior al origen, si es que lo hubo… 

…primero la oscuridad, la materia concentrada en un punto, el todo en la nada. Luego explosión, y finalmente luz y materia en expansión y transformación permanente.

En tiempos aún remotos, para muchos olvidados, en una Tierra primitiva el azar obró la magia. Lo inerte se tornó  vivo, y en esa vida simple pero compleja, básica pero eficaz, un proceso destacó sobre el resto. Destacó hasta tal punto que hizo cambiar la faz del planeta. Y todo a partir de la luz, el agua y la atmósfera.

Solo aquella vez, solo en aquel lugar, surgió la vida, insuflada en una plétora de seres de todo tipo, desde los más hermosos a los más grotescos, desde los gigantescos hasta los microscópicos. Y entre todos destacaron los productores y entre ellos los árboles. Y durante aquel pasado antiguo, hoy casi a las puertas del olvido, los bosques llegaron a dominar la Tierra. 

En aquel tiempo los jóvenes bosques rebosaban de árboles; unos altos y esbeltos, otros rechonchos y torcidos, pero todos fuertes y vigorosos. Crecían aparentemente separados pero suficientemente juntos, tan juntos como para susurrar mensajes que se desplazaban más veloces que el viento; desde las raíces más hondas hasta las ramas más altas, desde el centro del bosque hasta su último confín. Discursos invisibles de alegría ante la inminencia del equinoccio de primavera; gestos de generosidad con la llegada de otoño; plegarias por un invierno benevolente; advertencias de alerta ante las amenazas o mensajes de duelo ante la ausencia de los más viejos que pronto se tornaban en vítores de alegría ante la aparición de otros nuevos, altos o bajos, esbeltos o rechonchos, torcidos o rectos, pero siembre fuertes y vigorosos.

Y entre todos ellos destacaban los árboles-madre, los grandes protectores, los maestros creadores, los arquitectos de la floresta. Ligados a ellos, en una relación simbiótica ancestral, las pequeñas diosas, las dríadas, las ninfas de los árboles y del bosque, sus cuidadoras.

 Durante miles de años esta simbiosis protegió el recurso más singular del planeta, su bien más valioso: la vida. Y permitió que evolucionara, creciera y se hiciera diversa. Con cada ciclo terrestre más y más formas aparecían en los bosques; todas encontraban su lugar, todas hallaban su relación de equilibrio. Al mismo tiempo el bosque crecía, haciéndose poseedor de una mayor nobleza.

Pero las posesiones, sean del tipo que fueren –incluso las intangibles-, siempre desatan envidias; y las envidias no pocas veces desencadenan traiciones. Si el tesoro que es la vida hacía cada vez más fértiles y hermosos a los bosques también los hacía, silenciosa e involuntariamente, más vulnerables. 

Algunas razas de seres consumidores medraban, sabedoras de la existencia de ciertos tipos de riquezas. Nunca llegaron a comprender bien su significado, pero en sus sueños aspiraban a doblegar y someter a los árboles sustituyéndolos en su reinado. Fantaseaban con la idea de la posesión y dominio absolutos. Entre los más osados soñadores se encontraban los centauros, expertos cazadores, los hombres, sus codiciosos aprendices, y los sátiros, mitad hombre mitad bestia, entregados por completo a hostigar con sus juegos impertinentes al resto de la creación. 

A tal punto llegó el ansia de dominación que la muerte, que hasta aquel tiempo formaba parte de la vida, le fue arrebatada a esta por unas manos traidoras. El equilibrio de millones de años fue pervertido con el primer golpe de hacha sobre el tronco y el primer puñal sobre las carnes. La transformación de aquellos paisajes arcádicos empezó de forma pausada y silenciosa, casi imperceptible. El otrora gozoso reinado de las florestas avanzaba despacio hacia las puertas de su ocaso. Pero golpe llama a golpe, silencio llama a grito, presencia llama a ausencia, y lo que empezó de forma lenta acabó  convirtiéndose en una matanza sistemática, rápida y cruel. Uno por uno, una por una, árboles y dríadas cayeron.

Fue un proceso eliminador ante el que no cabía adaptación posible. Un proceso guiado por la codicia y unas relaciones de poder desvirtuadas que emponzoñaban las aguas, enrarecían el aire y oscurecían la luz. Un proceso eliminador a manos de unos seres que solo tomaron conciencia de sus actos cuando, sobre el amasijo de ramas, troncos y cuerpos caídos, vieron una desolación que ya resultaba irreversible. Centauros, hombres y sátiros, se sentaron, pues, a esperar la llegada de una noche que, para ellos, ya no sería sucedida por un nuevo amanecer…

…y de nuevo la oscuridad…

La anterior evocación me conduce a una reflexión no ficticia ni pesimista, sino realista esperanzadora. La contemplación de Tu presencia me hace pensar en algunos aspectos de la conducta del ser humano. Un ser que, como  nos recuerda el divulgador de la ciencia Colin Tudge, se lo debe todo a los árboles… a lo que habría que añadir, aunque resulte una obviedad, que también tenemos una gran deuda con nuestros congéneres. Nuestras relaciones deberían ser siempre de eterno respeto y agradecimiento hacia el resto, sin embargo, mecanismos oscuros nos convierten, a veces, en nuestros peores depredadores. 

Resulta difícilmente explicable, prácticamente incomprensible y en absoluto justificable el ejercicio de la violencia sobre nuestros semejantes, no obstante, periódicamente noticias perturbadoras nos aturden. Tampoco resulta convincente la violencia ejercida sobre nuestro entorno, para cuya justificación solemos esgrimir argumentos como el avance económico. Sin embargo, ni la violencia a nivel intraespecífico ni la violencia a nivel sinecológico pueden ser algo diferente a un atajo hacia nuestro propio fin como especie. 

Es por lo anterior que Tu presencia, más allá de su apariencia, me conduce a pensar en nuestra forma de relacionarnos con el mundo y en las consecuencias de la misma. Y lejos de fatalismos, aunque consciente de la realidad, celebro que cada noche es sucedida por un día, y que cada vez es mayor la conciencia colectiva que nos permite replantearnos ciertas relaciones que se habían desvirtuado. El camino es largo y sinuoso, no es precisamente un atajo, pero merecerá la pena recorrerlo si el bosque recupera su esplendor y vuelve a llenarse de dríadas y árboles.

Inspiradores

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Bouguereau, W.A. (1873). Ninfas y sátiro. Óleo sobre lienzo. 260 x 180 cm. Williamstown-Massachusetts: The Clark Art Institute.

Cameron, J. (Dir.) (2009). Avatar. 20th Century Fox.

Cesari G. (1603-1606). Diana y Acteón. Óleo sobre lámina de cobre. 50 x 69 cm. Budapest: Szépmûvészeti Múzeum.

Clerk, H. y van Alsloot, D. (hacia 1608). Paisaje con Diana y Acteón. Óleo sobre tabla, 70 x 105 cm. Madrid: Museo del Prado.

Costa Tenorio, M., Morla Juaristi, C. y Sainz Ollero, H. (eds.) (2005). Los bosques ibéricos. Una interpretación geobotánica. Barcelona: Planeta.

Day, D. (2002). El anillo de Tolkien. Barcelona: Minotauro.

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Rubens, P.P. (1639-1640). Diana y sus ninfas cazando. Óleo sobre tabla de madera de roble. 27,7 x 58 cm. Madrid: Museo del Prado.

Rubens, P.P. (1639-1640). Diana y sus ninfas sorprendidas por sátiros. Óleo sobre lienzo. 129,5 x 315,2 cm. Madrid: Museo del Prado.

Rubens, P.P. (1630-1635). La educación de Aquiles. Óleo sobre tabla. 109 x 88,9 cm. Madrid: Museo del Prado.

Rubens, P.P. (1638-1640). Ninfas y sátiros. Óleo sobre lienzo. 139,7 x 167 cm. Madrid: Museo del Prado.

Saldanha, C. (Dir.) (2014). Río 2. Blue Sky Studios.

Shakespeare, W. (Trad. Ángel Luis Pujante) (1995). Macbeth. Madrid: Austral – Espasa Calpe.

Tiziano, V. (1556-1559). Diana y Acteón. Óleo sobre lienzo. 184,5 x 202,2 cm. The National Gallery.

Tolkien, J.R.R. (Trad. Manuel Figueroa) (2003). El Hobbit. Barcelona: Minotauro.

Tolkien, J.R.R. (Trad. Luis Domenech y Matilde Horne) (1990). El señor de los anillos. Barcelona: Minotauro.

Tudge, C. (2000). La variedad de la vida. Barcelona: Crítica.

Tudge, C. (2005). The secret life of trees. London: Penguin Books.

Van der Lisse, D. (s.XVII). Diana y sus ninfas sorprendidas en el baño por Acteón. Óleo sobre lámina de cobre. 29 x 41 cm. Madrid: Museo del Prado.

Virgilio (2012) (Ed. Jaime Velázquez). Geórgicas. Madrid: Cátedra.

Wohlleben, P. (2015). La vida secreta de los árboles. Barcelona: Ediciones Obelisco.

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