Palabras para Tu presencia
Juancho del Barrio Álvarez
Real Academia de San Quirce. Segovia


La mirada hacia el paisaje que nos ofrece Victoria Chezner en las obras de su exposición  es, a la vez, panorámica y minuciosa, contextual e individual, dibujo y pintura, proximidad y perspectiva, color y forma, pintura y silencio, imagen y alegoría, lirismo de la naturaleza y compromiso de la artista con la belleza y con la naturaleza. 

Las tres grandes obras de la exposición funcionan como secciones de la partitura colosal de una sinfonía, mientras que los cuadros de menor tamaño constituyen una relevante obra de cámara, variaciones magistrales que ofrecen timbres, tonos y motivos secuenciados. Ambas escalas o géneros se complementan y explican entre sí, pero también funcionan de modo independiente. 

Tu presencia es una oda magnífica al reino vegetal, como la que cantó Neruda, pero también una pregunta candente sobre nuestra presencia en el mundo.

Anatomía de un proceso

La densidad de la realidad. La complejidad proteica de la naturaleza. La complementariedad de lo viejo y de lo nuevo, de la vida y de la muerte, en una cadena infinita de energía.

La riqueza de horizontes, la continuidad del horizonte, su silueta azarosa e incierta. La artista nos regala una salida o una fachada del bosque. No es un claro porque al fondo de la visión hay claridades sugeridas con delicadísimas pinceladas. Pero las salidas son también ingresos en otro espacio diferente. Este abigarrado arrabal del bosque también es una secuencia continua de vida y arte, como de humanidad y naturaleza. 

Por un lado, el arte nos presenta los colores vivos; la verticalidad la protagonizan los pinos vivos; su luz en el verdor; su sol encendido en las cortezas que también pintara Sorolla en el Guadarrama, tan sutilmente rojizas en su continuo despellejarse; las nubes de frescor prendidas de sus copas altísimas. Por otro, el protagonista es la naturaleza tronchada y perdida, con sus colores mustios y su languidez rebelde: la maraña del ramaje seco y roto; sus caprichosas siluetas fundiéndose en la tierra. Lo vertical que se resiste a perder pujanza, retorciéndose en un afán último de vida, antes de sumirse en “ceniza que fue árbol”, en muerte que dio vida. Parecen personas los árboles, dejando caer muy poco a poco sus brazos como ramas, ya vencidos, como intentos de presencia, que han perdido la pasión y se acercan a la tierra en un inexorable y bellísimo camino de retorno al origen. El panorama registra el desarrollo constante del ciclo de la vida.

La visión desplegada por la artista busca trasladarnos al suelo del bosque, que nos sintamos pisándolo, no vale con mirar. Nos permite escuchar el roce de nuestros pies en la caricia vegetal; llenar nuestros pulmones con el aroma silvestre del “pinar amanecido” de Claudio Rodríguez; dilatar nuestras pupilas con sus colores diversos, por sus distintos estadios de vida y de luz. En este sentido, los módulos o secciones de la obra, titánica en su realización, completan la circularidad de la mirada y contribuyen al movimiento continuo de la visión, evocando una presencia física en el ecosistema creado. Tu presencia.

La diversidad de formas, texturas y colores, tanto de la naturaleza como de la obra, nos ofrecen el paisaje de la entrega pero no de la derrota, de la energía de los ciclos naturales, pero no de la desesperanza. El dibujo se ha aliado magistralmente con la pintura para transmitir el grito sordo de la ceniza moribunda, de la rama sarmentosa, donde aún sorprende el milagro de la rama verdecida que Machado dedicara al olmo viejo “hendido por el rayo y en su mitad podrido”.

La naturaleza es maravillosa en la grandiosidad de su energía y de sus formas, pero también lo es en la minuciosidad y el urdimiento de su desarrollo, y en la trama lenta y detallada de su muerte. Imagino que cuesta más pintar la muchedumbre de ramas moribundas, cada una con los matices y siluetas de su propia muerte, que la claridad inequívoca de las ramas verdes. Con todo, el arte se atreve a salvar todos los paisajes y todas sus secuencias, convertidas ya en reflexión visual, en pensamiento transitado, de nuevo en otra creación. En la obra del buen pintor, nada escapa a la profundidad de su búsqueda ni a la capacidad de su escritura, que es canción. 

Morador de montes IV

“En medio del camino de la vida”, el pino se erige como testigo de la fuerza de la naturaleza. Su rotundidad entraña y exige su valor como criatura única y como tótem. Lo adoramos ya, sin querer, con la mirada hacia su altura, su robustez, su color y su pujanza, pero sobre todo, lo envidiamos por su libertad. 

Él ha nacido libre, pero no en cualquier lugar ni en un lugar anónimo de la superficie del mundo. Ya tiene un nombre en mayúscula en la obra de Victoria. Este árbol ha querido nacer en un espacio abierto, y aquí ha echado sus raíces por la tierra, como redes secretas buscando la humedad y los nutrientes, y su feracidad es imparable. Estar en el claro del bosque o en el borde del pinar le ha regalado toda la luz del sol cada momento. No ha necesitado siquiera esa autopoda urgente que algunos pinos que crecen muy juntos se infligen para poder crecer y ganarse la luz. Él ya tiene toda la luz y todo el espacio. Ha crecido a placer, hacia arriba, horizontalmente y hacia abajo, taladrando el suelo con sus ramas oscuras. En él parecen imitarse las formas de otros árboles: la horizontalidad de las ramas de las hayas, la languidez paulatina y melancólica de los abetos, la vejez rugosa de los cipreses… Es un pino que en realidad es todos los árboles, como también la obra retrata un árbol sobre todo, pero también toda la vida. 

Tu presencia o los claros del bosque después de María Zambrano

En un mismo árbol podemos apreciar de modo simultáneo la intrepidez del crecimiento, la serenidad de la madurez y la presencia de la vejez, como en los pinos que completan el fondo del paisaje. También en nuestro cuerpo pueden ser aún jóvenes los ojos mientras se aja la piel; y ágiles los dedos, mientras las piernas se cansan. La mirada de la artista nos regala una geografía alegórica de los tiempos de la vida: el amarillo de la tierra con su fuerza de sol, el color anaranjado del crecer en la corteza; y, a la vez, los matices del gris en los líquenes que se funden en su senectud; sin dejar de buscar la luz las ramas altas, donde más luz hay, en el cielo azul que aflora arriba, donde el verdor está convirtiendo la luz en vida nueva, ante nuestra privilegiada observación. 

En la mirada de la artista han sido acogidas todas las formas, todos los colores, todas las perspectivas, porque en su pincel, que es su mente y su arte, ya reside, aunque se documente y enriquezca en cada obra, la idea de los tiempos de la vida y la naturaleza, el destino de la profundidad de un retrato, el concepto de la transformación de la energía. Quien aquí ha sufrido la fotosíntesis no solo es el pino, sino sobre todo la naturaleza transformada en paisaje por causa de la luz y por causa del sol del arte. Quien ha crecido en altura y luz es la artista ante y desde su obra, a través de la inspiración, la contemplación y el reto técnico y estético. Quedamos por crecer quienes entremos a la obra de Victoria Chezner, y nos expongamos a su energía. 

Este pino señero recuerda aquel pino del borde de la fraga, en la novela de Wenceslao Fernández Flórez, El bosque animado, que percibe lo que ocurre en sus límites y se lo comunica al resto de árboles hermanos. Él es testigo de cómo llega la civilización al bosque, con sus vehículos y sus máquinas, con sus nuevos árboles extraños y sus ramas infinitas como cables de telégrafo. Hoy este pino es testigo de nuestra mirada y de nuestra presencia. Él es como cada uno de nosotros al otro lado del lienzo. Y nos está mirando. Hasta puede que él seamos nosotros y nosotros estemos también al borde de un bosque y de una obra creada, preguntándonos por la suerte de nuestra energía y descubriendo la consciencia de nuestra posible plenitud. El arte y su poder inmenso. Tu presencia.

Senderos tiene el bosque, pero frágiles y efímeros, porque el ciclo de la naturaleza los va cubriendo inexorablemente de materia muerta o moribunda. Basta un invierno para que desdibujen su derrota. Pero también bastan un pincel y el arte para reabrirlos en una eterna primavera, cuya luz no se agota nunca en nuestra mirada.  

Del bosque es apasionante su profundidad y su mundo interior, que en los cuadros de esta exposición de Victoria Chezner se nos acercan y regalan: los caminos de ramas y los que trazan los ojos para adentrarse en él; las praderas de luz, los zambranianos claros del bosque, espacios casi vírgenes de civilización, tan solo a unos metros de nuestros pasos. Y, sin embargo, hay algo de salvaje en la hondura del pinar, y, por tanto, de inhóspito y de primigenio, y entonces también de misterioso. En el interior del bosque viven aún las “criaturas de la aurora” aleixandrinas, el recuerdo casi olvidado del paraíso original. 

Hay que llevar mucha ansia de silencio para perderse en el bosque y también ser muy valiente para disfrutar de un claro del bosque en toda su plenitud natural y existencial. Tanta valentía para internarse en el bosque, como arrojo para pintarlo cartográfica y, a la vez, comprometidamente, como la artista lo ha hecho. Porque el peligro del paréntesis de luminosidad, al que invita el claro entre la fragosidad, hay que enfrentarlo con energía vital y estética. Al pozo de luz que puede anegarnos el alma hay que llegar con la consciencia y serenidad suficientes de quien se busca en medio del camino de la vida, porque busca una verdad mayor y plena. La verdad de la armonía total de hombre y naturaleza. La verdad y el reto de recuperarla y salvarnos con ella. Tu presencia.

El color y sus pigmentos es lo que une la obra de arte con la naturaleza recogida en ella. El color, que es tierra, que es hoja, resina, materia orgánica de la vida, huella de sol, nace en la naturaleza y llega al arte siendo naturaleza amaestrada y formalizada en la obra creada por el artista. O tal vez es preciso decir: vuelve al arte. El pigmento-semilla germina en la obra, recreando en ella los colores de la vida y la naturaleza. Y la inteligencia artística es quien reparte de nuevo los seres y las formas en el volumen de la nueva creación. La artista es un dios tierno que ama la existencia y en su abrazo intenso la culmina y la despliega, fertilizado él mismo, germinando en su obra.

Aunque la obra se despliega ante la mirada abriendo muchos puntos de fuga a través de las diagonales, azarosas o trazadas por senderos, su centro es la luz y el color iluminado del claro del bosque. Los pinos primeros aparecen en su sección inferior, pero ya van poco a poco iluminándose en su viaje vegetal hacia la claridad, como también lo hacen los más alejados. El paisaje es un canto y una invitación a la altura, al ascenso. En realidad, el centro de la obra es el cielo, la presencia de la plenitud y de la altura y la pureza en la energía de luz que estalla en la pradera. Nos conducen los colores y la perspectiva hacia los helechos encendidos, pero ese brillo intenso y magistralmente pintado que nos abre la retina es ascensional y espiritual. Porque vemos lo que hay, pero creemos intensamente en el sol de donde nace lo que hay.

La convivencia de la vida y de la muerte en la naturaleza y en la existencia. Las ramas caídas de este invierno serán la luz salvaje de la primavera. Los troncos viejos que hoy se cruzan en el sendero, incluso en medio de la luz del claro del bosque, serán pronto corteza de camino y volverán a fundirse en la tierra humedecida y renovada. Así, también, la obra de arte recoge para crear, se inspira para regalar, se apasiona para ofrecer la naturaleza en toda sazón, en el “altar del paisaje” (Lluis Llach) y en el lienzo enriquecido.

Notas nominales sobre las “variaciones” sinfónicas

La centralidad del árbol retratado y la perfecta disposición poligonal del bosque, que parece un edificio o una estructura; la perspectiva y el volumen logrados desde lo no pintado, que son las siluetas de pinos laterales o pinos-fachada, hasta los matices de negrura y de gris del interior del bosque.

El azar estético que ya tienen en sí las formas de la vegetación: parecen caminos, grupos, hitos… La presencia del hombre como escala ante la grandeza del bosque, pero también como testimonio y ejemplo de la armonía posible, y como invitación a la contemplación.

El protagonismo del fruto y de la hoja, de la forma peculiar de la planta. El poema dibujado de la elegancia de su sencillez, pero también del misterio de su crecimiento. La idea de registrar en la obra el dibujo preciso de su anatomía, como también el sugerente juego de sus formas, cuya esencialidad es ya abstracción.

La maravillosa sorpresa de las formas de las ramas del árbol solo, que fragmentan, tal vez con la fuerza de su nueva germinación, el aire, el espacio y la claridad intensa, en una geometría casual pero perfecta. 

La sinestesia del dibujo que nos hace oír el chasquido del árbol que se troncha en el silencio del bosque, y los clarines de luz que iluminan los pinos en su afán de altura.

Las diversas reacciones formales y cromáticas del encuentro del árbol caído con la tierra. Análisis del momento fugaz y anatomía de un proceso.

Pintar un arbusto puede suponer un estudio que juega con el blanco, los infinitos matices del gris y el color natural del soporte. El arbusto es un microbosque, con su profundidad y su fragosidad, también con sus diferentes tipos de ramas-árbol y sus flores y frutos.

Las ramas del espino en sus distintos grados de enmarañamiento, desde el esquematismo a la densidad obsesiva, son una reflexión sobre el miedo, la defensa, la dureza, incluso el dolor. El dibujo y la pintura son a la vez un análisis de otra forma de la naturaleza y una demostración de que los límites entre lo figurativo y lo abstracto no son diáfanos. De su maravillosa y confusa contigüidad disfruta el arte. 

Algunos de los formatos pequeños contextualizan el bosque en el entorno del monte, en el llano o en terreno pantanoso; estudian la caprichosa ubicación de algunos árboles, al borde de un cantil, abrigando las laderas y vaguadas suaves, manteniendo su verticalidad y su frondosidad; o los sitúan al lado de un camino o carretera. Destaca la obra en que en una vía artificial divide al bosque en dos, como un dios deteniendo las aguas del mar Rojo, y retando a la artista a crear una perspectiva hacia el infinito. A pesar de la profunda herida que rompe el bosque, los árboles no solo no desaparecen, sino que se multiplican en una frondosidad aérea que parece estar cubriéndolo todo de nuevo en sucesivos horizontes de resistencia y esperanza.

Otros pequeños cuadros insisten en los detalles como la hoja del roble, la maraña del espino o el ramaje, las formas retorcidas de los troncos, el fragor de los arbustos… 

Pero una pareja entre ellos funciona de modo paralelístico: los árboles aún enhiestos de la obra lateral derecha parecen reflejar sus troncos en un agua pantanosa, sospechosamente desubicada; aparecen sin hojas y una especie de nubes sucias ocupan el lugar de sus copas. Inciertos horizontes violáceos sugieren un paisaje apocalíptico. Tal vez el cuadro izquierdo sea el mismo paisaje o uno similar, después de la batalla o del desastre. En lugar de árboles sanos y altos, unas manchas grises parecen representar troncos truncados o figuras humanas perdidas en medio de la desolación. Sin el árbol, el vacío del hombre es infinito. Sin la naturaleza no hay sentido en la existencia humana. 

La armonía entre el hombre y la creación aún puede salvarse. Y el arte, este arte grandioso y detallado de Victoria Chezner así lo reclama desde su lirismo comprometido y desde la sinfonía auténtica de su paisaje.

El arte ha crecido con la obra de Victoria Chezner. 

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