Tu presencia, una visión del paisaje
Jaime Güemes
Director del Jardí Botànic de la
Universitat de València.
Aunque no lo veamos, no lo sintamos, no lo amemos, no lo percibamos, todas las personas estamos impregnadas por el paisaje que nos rodea, el que nos ha visto crecer, en el que nos hemos criado, del que formamos parte. Es como el aire, no podemos vivir sin él, no podemos aislarnos de algún paisaje, a veces urbanos, desnaturalizado, artificial, casi letal, pero un paisaje que, de alguna manera, ha sido siempre modelado por el ser humano.
Al menos, en la cuenca del Mediterráneo no existen los paisajes primigenios, no existen los bosques vírgenes, no podemos encontrar ningún lugar que no haya sido transformado por la acción humana. Nuestra especie ha llegado a todos los rincones y en todos ellos ha dejado su huella. Ahora intentamos imaginar cómo era antes de nuestra presencia, y actuamos sobre él para llevarlo, en una manifestación más de soberbia, a sus orígenes. Transformamos y modelamos el paisaje para recuperar lo que le hemos quitado, la naturalidad, con frecuencia, sin darnos cuenta, de que lo que realmente hacemos es reescribirlo a nuestra imagen y semejanza, a nuestro gusto, como creemos que debe ser, que no deja de ser también, una forma de dominación.
Hago estas reflexiones para presentar a una mujer impregnada por el paisaje, sensible a su transformación, capaz de representarlo con la firmeza de la ciencia y la sutileza del arte. No sé si fue antes ilustradora científica o artista, suponiendo que debamos separar ambas facetas de una misma obra. Ilustró con gran belleza el Atlas de los paisajes naturales de la Región de Murcia, allí bajo su nombre familiar: María Victoria Sánchez Giner. Ahora, como Victoria Chezner, nos trae una impresionante, provocativa e inquietante colección de cuadros que no dejará indiferente a nadie y que, necesariamente, nos llevará a la reflexión sobre la transformación del planeta y sus consecuencias.
Trae sus paisajes al Jardín Botánico de la Universidad de Valencia, que forma también un paisaje, en este caso artificial, imposible de imaginar, donde se reúnen plantas de todo el mundo. Donde las grandes palmeras y los árboles centanarios conviven con las hierbas más pequeñas y efímeras. Un bosque irreal que sobrevive en el centro de un paisaje urbano dominado por el ladrillo, hormigón, vidrio, hierro y asfalto. Los trae al oasis de la ciudad, como lo hemos definido alguna vez.
Y en el centro de este oasis, en la isla que forma la Estufa Fría, hemos instalado otro paisaje, el creado por Victoria Chezner con colores suaves, discretos, sutiles, tenues, apenas perceptibles en algunos casos, elaborados a partir de tierras, cenizas y pigmentos vegetales, perfectamente integrados en su obra. Pinturas acogidas por la madera de los propios árboles, con unas dimensiones que casi nos acercan a la realidad de la naturaleza.
Inquietan los títulos: contemplación, caídas, silencio; sobrecoge el formato, la falta de otras vidas en el bosque, sólo una pequeña figura humana sedente, pensativa, acompaña uno de los cuadros. Así es también la naturaleza. Las plantas, los árboles dominan el paisaje, todo es pequeño a su lado. Y si las plantas mueren, el paisaje se vacía, no queda nada, sólo la vida invisible, sólo la madera en descomposición, esperando a que una semilla germine y se nutra con ella, a que empiece de nuevo a formar un bosque. Y quizás podamos ver en alguno de sus cuadros esa vida cíclica que marca el devenir de la naturaleza, de la vida en el planeta, capaz de perpetuarse sin necesidad de los seres humanos.
Pero el bosque no son sólo grandes árboles, también son humildes arbustos, que se refugian en sus claros, o pequeños detalles, si nos acercamos lo suficiente a las hojas, las ramas o los frutos. Victoria nos muestra la parte vegetal más independiente, la que sólo necesita luz, calor, aire y tierra para sobrevivir, la que prescinde, si es necesario de otras formas de vida para desarrollarse. Aunque esto no sea cierto del todo. Los hongos y las bacterias forman una unión imperceptible al ojo humano desnudo, sin la que la tierra, seguramente seguiría siendo ese planeta desierto que fue en su origen.
¿Qué nos quiere contar Victoria? ¿el paisaje que nos espera cuando el cambio climático calcine todos nuestros bosques? Eso nunca lo llegaremos a ver, antes habremos desaparecido. No podemos vivir sin árboles, sin sombra, sin oxígeno, sin verdor. ¿Nos quiere dar confianza en la capacidad de recuperación de la vegetación, en la capacidad de las plantas de resurgir, casi de sus cenizas? Es la esperanza que nos queda, y la ilusión que nos ha traído Victoria Chezner a las paredes de la Estufa Fría, para que su paisaje conviva durante unas semanas, con el nuestro, con el que nos cobija en el Jardín Botánico.