La sabiduría vegetal de la lentitud
José Sebastián Carrión
Catedrático de Evolución Vegetal.
Universidad de Murcia.
Se me han pedido unas palabras con motivo de la exposición de Victoria Chezner titulada “Del jardí al bosc” que tendrá como locus el Jardín Botánico de Valencia, con el cual, no sé si casualmente –he leído a los clásicos y sus ideas sobre el destino–, tengo cierta implicación memorístico emocional. Me siento, en cualquier caso, muy honrado por tener la oportunidad de transmitir mi desautorizada percepción del trabajo de Victoria, ya que, aunque yo le haría un homenaje, no soy ni artista ni nada que se le parezca. Nunca tuve talento, o igual alguien que sí estaba autorizado me dijo que la pintura no era lo mío y terminé creyéndomelo. Sin embargo, sí soy botánico de profesión y creo que Victoria también lo es. Puede que lo sea al modo estructuralista de Goethe -hubo tiempos previos al violento y desgraciado divorcio entre las ciencias y las artes. Lo digo porque lo que uno observa en su obra, son individuos, especies, poblaciones, comunidades y paisajes vegetales bien caracterizados en su anatomía, geometría, taxonomía y geobotánica. Armonía y ciencia de la mano, creación y precisión sin divorciar, color y sombra sin conflicto, profundidad y relieve, vida y muerte.
El “elemento” vocacional de Victoria Chezner, en el sentido del famoso ensayo Ken Robinson, es la pintura. Victoria es un genio y tengo pocas dudas de ello cuando pienso en su trabajo, pero también cuando la vigilo sin que se de cuenta, como haría un etólogo asombrado por el comportamiento inigualable de una urraca. Pues ella destila honestidad en su vida y astucia en la configuración de sus mañas. El arte bien podría ser también, como en ella, la expresión más honesta del paisaje interior, del mismo modo que el valor es la única virtud que no se puede desplegar de forma fraudulenta; lugares sin vacante para el narcisismo. Mujer valerosa y artista confiable, de trazo y carácter bien definidos, Victoria es una auténtica experta en plantas y paisajes vegetales. Difícil tarea si de lo que se trata es de aprender, pero hay algo en su obra que claramente no es legado de la disciplina ni de las horas impenitentes de trazo y observación, sino de un talento cuya impronta podría residir en algún rincón de su temprano asombro infantil, puede que combinado –especulo alegremente– con la configuración genética de su estirpe.
No sé si las sensaciones ante la percepción de una estructura artística son comunales. Desconozco también si la crítica artística es un arte o solo una excusa para dar de comer a unos cuantos. Pero creo que cuando contemplen su trabajo, van a ver mucho sufrimiento. Plantas con ramas desprovistas de hojas (algunas veces en especies de hoja perenne), callos, roturas, torceduras del crecimiento bajo la nieve, el viento y cualquier disrupción físico-química del entorno. Los árboles, los bosques, los jardines de Victoria no son el paisaje dulcificado de la campiña inglesa. Hay personajes fotosintéticos atormentados. Pero vivos. Tanto es así que a veces, mirando me sorprendo a mi mismo pensando en el joven Tolkien paseando por la cordillera del Drakensberg sudafricano y en sus “no árboles” parlantes del mundo antiguo, los Ents.
No debo eludir una breve nota curricular. Profesora en la Universidad de Murcia, la autora es doctora en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia y Máster universitario en Educación y Museos: Patrimonio, identidad y mediación cultural por la Universidad de Murcia. Ha participado en un número considerable de actividades y proyectos de investigación artística (cursos de innovación docente y promoción educativa, seminarios, congresos, conferencias, talleres). Es responsable de la ilustración de libros para la educación y la sostenibilidad. Ha sido componente crucial en la elaboración del Atlas de los Paisajes de la Región de Murcia. Ha dirigido y comisariado numerosas obras artísticas y exposiciones. Es autora de más de 70 publicaciones de investigación artística, a nivel nacional e internacional. Su obra artística, a menudo orientada a la naturaleza, ha recibido numerosos premios y distinciones. Ha sido coordinadora de 4 proyectos sobre la relación de la pintura con el paisaje y los espacios naturales. Ha sido comisaria de varias exposiciones sobre el valor plástico y la relación del arte con el paisaje y distintos espacios naturales de la Región de Murcia.
En fin, una trayectoria sobresaliente que en cualquier caso, no puede ilustrar su valor como artista porque el currículo no está diseñado para decir demasiado sobre lo que resulta interesante. Tengo pocas dudas de que la mayoría de los académicos somos gente aburrida que desconocemos los riesgos reales que afectan a la vida cotidiana de las personas. El currículo se puede diseñar, pero con el arte te la estás jugando.
Por eso Victoria ha violado con inocencia ciertos estándares meritocráticos que son el objeto del deseo de muchos colegas. Nunca se ha interesado por su carrera. Y sin embargo, hace unos años, antes de conocerla en persona, unos amigos me habían filtrado una de esas informaciones que llegan a ser conocidas por el ecosistema cortesano de las universidades, pero que nunca se hacen virales ni desde luego alcanzan al más común de los profesores de a pie. Decían, y estoy convencido de que no era un asunto deformado por la voracidad del cotilleo, que Victoria era la profesora de su universidad mejor valorada por sus estudiantes. Hablo de esas encuestas que se hacen año tras año, llegan al profesor (sin mucho correlato para que nadie se sienta ni ofendido ni aludido) y nunca se publicitan por razones que supongo debo respetar, aunque no comparto.
Cuando la conocí, lo comprendí. En su ansia vital, en su misión de adiestrar en la belleza, estaba claro que Victoria había salpicado por doquier toda esa chispa del entusiasmo contagioso, la felicidad de la culminación de un trabajo tan humanamente delirante. Somos una especie anómala por un desarrollo cerebral hipertrófico y chapucero que ha estado dirigiendo la escena durante más de cien mil años. Capaces de lo peor como primates jerarquizados. Sin embargo, de vez en cuando, aunque sea probabilísticamente imposible, surge una persona capaz de lo contrario. Ahí está el arte, para romper una tendencia mayúscula, para sorprender a los dioses y quebrar previsiones. No es de extrañar, pues, que algunos agujeros busquen la luz, como los estudiantes, perdidos por definición, buscan el sosiego del jardín o el misterio del bosque. O la magia de una maestra, como Victoria.
Van a ver criaturas extrañas, aquí y allá. Sensaciones cacofónicas en los ramajes, pero nunca repetición en el trazo; cada pieza es virgen. Otras veces el bosque en su conjunto se desplaza con la luz, como si lo hubiera dicho Shakespeare en el último amanecer de Macbeth.
Tampoco se extrañen si las ramas se rompen sobre la piedra y ustedes pueden escucharlo con la mirada. Hablo de la sabiduría de la lentitud, como hacía Kundera, de cuando las manos provocan una suerte de fantasía sinestésica. Miren y escuchen, miren y respiren. Como en una praxis de meditación contemplativa. Escuchen las gotas de agua deshilvanándose por el calor entre las oquedades del corcho. Asómbrense.